Escribí un ensayo en 2012 sobre la naturaleza cambiante de la fotografía en una era de sobrecarga de imágenes sin precedentes. En aquel entonces, sólo los usuarios de Facebook subían 300 millones de fotografías al día, mientras que el número de imágenes publicadas en Flickr e Instagram superaba los 11.000 millones. Cité al artista y escritor estadounidense Chris Wiley, cuyo artículo de 2011, “Profundidad de enfoque”, en la revista Frieze, había expresado la ansiedad de muchos practicantes sobre “un mundo completamente mediatizado y saturado de la imagen fotográfica y su doble digital”.

La conclusión de Wiley fue pesimista: “Como resultado, la posibilidad de hacer una fotografía que pueda reivindicar originalidad o afectar ha sido radicalmente cuestionada. Irónicamente, el momento de mayor abundancia fotográfica ha llevado a la fotografía al punto del agotamiento”.

Cómo ha cambiado la fotografía

Desde entonces, los números se han vuelto aún más alucinantes: 350 millones de fotografías al día subidas a Facebook; 95 millones de fotografías y vídeos compartidos diariamente en Instagram. El número combinado de imágenes compartidas cargadas en ambas plataformas supera los 290.000 millones, mientras que hay 188 millones de usuarios activos diarios de Snapchat.

Dejando de lado por un momento las inquietudes sobre el significado de la fotografía en la era de los medios sociales, se podría argumentar a partir de esta evidencia que es el medio de nuestro tiempo, no sólo definiendo nuestra cultura de imagen digital conectada globalmente, sino impulsándola. Incluso hace una década, nadie podía predecir el cambio sísmico que ha ocurrido en nuestra relación con – y el uso de – la imagen fotográfica.

En 2012, las inquietudes de muchos fotógrafos tendían a converger en torno a la noción de autenticidad: ¿la tecnología digital socavaría el arte de la fotografía analógica y, lo que es más preocupante, su veracidad? ¿La mano invisible de Photoshop haría obsoleto no sólo el proceso, sino también la llamada “verdad” de la fotografía?

Smartphone: ¿bendición o regalo envenenado?

La llegada de la cámara del smartphone hizo que todas esas preocupaciones parecieran anticuadas. Esto precipitó una nueva cultura de la imagen en la que las fotografías han adquirido una nueva importancia en nuestro mundo digitalmente mediado, en particular el intercambio de fotografías en plataformas como Instagram, donde se miden en gustos, comentarios y reposiciones, todas ellas monitorizadas por algoritmos. La fotografía refleja, registra y anuncia nuestras vidas en línea. Sin embargo, ¿está agotándose por su propia ubicuidad, perdiendo su significado en una época de sobrecarga de imagen casi inimaginable?

La evidencia superficial sugiere lo contrario. Durante la última década, más o menos, ha habido un aumento en el interés por lo que se podría llamar la cultura tradicional de la fotografía. Aunque las instituciones artísticas británicas tardaron vergonzosamente en reconocer la importancia de la curaduría fotográfica -Tate nombró a su primer curador de fotografía en 2009, casi 70 años después de que lo hiciera el Museo de Arte Moderno de Nueva York-, las galerías están ahora finalmente concediendo al medio el espacio que se merece como forma de arte.

La nueva ala de fotografía del museo Victoria and Albert acaba de abrir sus puertas y, la próxima primavera, la organización sueca Fotografiska abrirá un espacio de 8.300 metros cuadrados en Whitechapel y otra gran galería en Nueva York, ambas dedicadas a la fotografía contemporánea.